Tres bandas, dos relatos y una llamada violeta

Entre música y lluvia: una noche en Roxy

La música de Fletes Rakel, Posguerra e Ira Medicinal se mezcla con la lluvia, los cuerpos, bajos distorsionados y miradas cómplices.

Tres bandas, dos relatos y una llamada violeta

Entre música y lluvia: una noche en Roxy

La música de Fletes Rakel, Posguerra e Ira Medicinal se mezcla con la lluvia, los cuerpos, bajos distorsionados y miradas cómplices.

Apenas llegamos a The Roxy, nos ponemos a conversar con Situaciones Paralelas, un artista plástico que es reconocible por unos lentes con marco de madera que él mismo se hizo, enmendados con cinta scotch. Parece salido de una de sus obras, un collage analógico de múltiples texturas y puntos de fuga. Le pregunto por su nombre posta. y me dice “Situaciones, me gusta que me digan así, Situ”. Le respondo que yo me llamo Hada, y nos reímos. Me comenta que Fletes lo invitó a participar del show.

En eso, se acerca Toro. Para romper el hielo, nos invita a un after en Saldías. “Toca Jero Jones, va a estar buenísimo”, dice. Después nos pregunta si escuchamos el último tema de Posguerra, “Tu misterio”. Nos dice que le importa nuestra opinión, que quiere una reseña. La conversación sigue, pero me cuesta estar presente: por dentro algo se me retuerce. Dan habla sobre música con Toro mientras yo disocio sumergida en el dolor de mi útero y el sonido de la lluvia que llega desde afuera.

El día anterior me manda un mensaje para invitarme a su fecha. Toro es un tipo simpático, muy amiguero. Contrasta con esta escena en la que el misterio y la pose es lo cool : hace unos meses, él se nos acercó a mí y a Dan, nos hizo chocar puñitos, y después se presentó.

Es 7 de noviembre. Esta fecha nos interesa porque, además de Posguerra -la banda de Toro- e Ira Medicinal, toca Fletes Rakel. A las pibas de Fletes las conocimos en el Festi Fermento, un festival que hicieron con bandas emergentes para financiar la grabación de su próximo disco. Nos fascinaron y las invitamos al Festival Fulana, que se hizo el 5 de diciembre en Matienzo para presentar nuestra quinta revista impresa.

La primera banda es Fletes, son todas pibas en el escenario. Se abre el telón, entra la gente. Me apuro para terminar el pancho que me compró Hada. El cheddar nos mancha la ropa. No hay tanta gente porque nunca nadie llega temprano a una fecha de tres bandas. Ya nos bailamos un rock and roll y un tango. Ahora muevo la cabeza entre las síncopas del bajo, que se hace notar: en el tercer tema le pone un efecto que suena como un sintetizador. Todxs quedamos boquiabiertxs. Le digo algo a Hada, pero me hace callar. Está hipnotizada. Lo único que quiere escuchar es la música.

Vuelven los gritos de las cantantes. Entre los instrumentos, a un costado de la batería y detrás de Melina, hay un bastidor. Situ pinta al ritmo de la música. Salta, va hacia atrás, hacia adelante. Sus trazos llegan hasta los bordes del lienzo, un dibujo que parece una mujer con una remera con el nombre de la banda en las tetas. En los últimos dos temas, baja y se pone a poguear con el público. Contagia energía, entrega todo.

“Hoy es una noche especial, toca Fletes Rakel”, canta el público como una canción de cancha. Violeta agarra un teléfono viejo como micrófono y canta a través de él. Melina hace los coros. Cierran con una canción punk que invita a saltar, a soltar la energía acumulada de la semana. Después salimos y charlamos sobre lo que acabamos de ver. Son muy performáticas. Su música nos encanta.

Dan y yo pensamos si ir o no al after. Afuera llueve y siento que algo se nos derrumba. Las ganas sobran, pero el cuerpo no acompaña. Empieza la segunda banda. Se acercan Violeta y Melina a saludarnos. Me acuerdo de que, en la sesión de fotos que hicimos para el Festi Fulana, nos habían comentado que estaban indignadas con que las pusieran siempre a abrir los shows. Les digo lo obvio, lo latente: encima hoy las otras dos bandas son todos tipos. Y es que es algo cotidiano en un under que se dice progre pero sigue reproduciendo lo mismo de siempre: el espacio para las pibas en los escenarios termina siendo un cupo disidente a cuentagotas, en los horarios menos convocantes.

La conversación se agita. Se acerca la bajista a saludarnos y tardo en reconocerla. Ella baja la mirada y yo ya no sé cómo hacer contacto visual para decirle sin decir que sí la reconozco, que mi cara de culo es por mí y no por el mundo. El volumen está muy fuerte. Las chicas de Fletes nos cuentan cosas interesantes y yo entiendo la mitad de lo que dicen. Después nos encontramos con Sofía, la diseñadora de Fábula, una marca de ropa upcycling que suele hacerles el estilismo a ellas y a otras bandas más de la escena. Me pasa lo mismo, no llego a escuchar nada de lo que dice, así que asiento y sonrío.

El lugar ya está más lleno. Ira Medicinal sube con dos guitarras, bajo y batería. Detrás cuelga una bandera blanca que me recuerda a la de Viejas Locas. El cantante tiene algo del Pity. En el tercer tema se saca la remera; pienso que él puede hacerlo sin ser sexualizado. Lo festejan. Invitan a un productor a tocar un tema. El guitarrista toca con la guitarra por las rodillas y le pega a todas las notas. Es difícil tocar así, pienso. Yo cuando toco tengo que subirla bien alto, tipo Ringo Starr.

Hada me pide que vayamos al baño, se siente mal. Como siempre, hay complicidad entre todas las que estamos ahí:

—¿Te falta papel?
—¡Qué linda remera!
—¿Tenés un pucho?
—¿Me convidás agua?

Comienza Posguerra. Algo que me encanta es que, entre tema y tema, Toro agradece. Siempre nombra a las personas que colaboran con la banda. No se olvida. Me gusta cuando los músicos son conscientes de que una banda se sostiene con muchas manos, porque solos es muy difícil avanzar.

El público baila, canta con pasión. Toro baja del escenario, se acerca. Invita a todxs a arrimarse. Es un vaivén de cuerpos. Toro canta y el público le devuelve. Se abrazan. Se genera algo mágico, la sinergia entre la banda y su gente. Lo performático y lo perfecto presente.

Cierran con el tema nuevo. El vivo siempre es una experiencia única: cada músico es un mundo y, cuando se juntan, pasa algo. Algo que funciona. Queremos grabar una historia de este momento mítico, pero el volúmen es tan fuerte que se rompe el sonido. Sólo queda grabado en nosotras, entre las olas del público.

El final del show lo veo al fondo, acuclillada contra la pared. La energía del pogo, la música, la gente y todo alrededor moviliza, y mi sangre finalmente empieza a bajar. El dolor es insostenible. Hoy no será el día en que nos vayamos de after a compartir backstage con artistas y sentirnos parte de una escena que nos empeñamos en documentar. Volvemos en el uber pensando en la fantasía de una fiesta en Saldías y el mal timing de nuestro cuerpo. El fomo se escurre en la lluvia contra el vidrio del auto, y nos hundimos en el asiento.

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