Seres insensibilizadxs

Redactora: Ana Otero

Editora: Paloma Rojo

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Mi preocupación es palpable: interrumpe, irrumpe y molesta. Pareciera haber una escasez creciente de cualidades que, durante siglos, fueron consideradas manifestaciones inherentes a nuestra humanidad: la capacidad simbólica y la sensibilidad. Si prestamos atención a nuestro alrededor, se vuelve evidente que, en muchos casos, ya no se crea: se produce.

En el marco de las Charlas ODA, la actriz argentina Pilar Gamboa lo expresa con claridad: “Vivimos en un sistema en donde la autoexplotación que tiene cada unx para subsistir te va horadando la observación. Unx se va automatizando, la va perdiendo; porque es mejor si unx no la tiene, porque es mejor si unx no es empáticx, porque es mejor para la productividad”.

No se reflexiona, no se piensa; no existe la quietud. Sensibilizarse, en el mundo de hoy, parece una mala idea. En consecuencia, vincularse comienza a percibirse como una amenaza y deja de vivirse como una oportunidad. Relacionarse con otrx implica aceptar un escenario incierto, imposible de prever. Podemos intentar anticipar decisiones y respuestas, pero nada garantiza que estas sucedan. La posibilidad del error o del rechazo se vuelve tangible y, con ella, emerge la inseguridad.

Desde una perspectiva filosófica, el pensador italiano Franco Berardi ofrece una lectura precisa en Fenomenología del fin, describiendo una actualidad mediada por una lógica algorítmica que produce formas repetitivas y automáticas, vacías de contenido. Berardi afirma que “con lo digital se ha llegado a un punto decisivo en este proceso de creciente abstracción y a la cima del aumento de la disociación entre empatía y comprensión”.

Los medios de comunicación predominantes actualmente no dejan margen para la interpretación ni para reconocer a lx otrx como sujeto complejo. No hay lugar, ni en el tiempo ni en el espacio, para sentir; la sensibilidad no está contemplada dentro del sistema. Nos encontramos sobreestimuladxs, saturadxs por el mundo que nos rodea y, como resultado, elegimos un estado de tibieza. Funcionar en sociedad se convierte en una tarea más, y reconocer la existencia de unx otrx, con sus preocupaciones, sensibilidades y pasiones, implica un esfuerzo adicional.

Ante este panorama, nos inclinamos por lo accesible y lo inmediato. Preferimos vínculos que demanden poco y experiencias que no exijan presencia ni cuidado. Todo aquello que no requiera un estado activo encuentra su lugar sin resistencia.

El impacto de este proceso en el campo artístico resulta innegable. El arte comienza a incorporarse al mundo del trueque, de lo intercambiable en términos materiales, de lo predecible y lo controlable; se le aplica una lógica de cálculo. Ciertos sectores se transforman en moneda de cambio, en ramos de flores de plástico, en maquetas: representaciones materiales de lo que alguna vez fue arte y hoy es producto. Importa lo estético, lo inmediato, lo seguro.

¿Qué sucede cuando se encuentra “la receta”? Ese procedimiento que parece funcionar siempre y alcanzar al público con éxito. Vale la pena detenerse un segundo y analizar: las grandes cadenas de cine parecen reproducir, en todas sus salas y horarios, la misma película, reiterando una fórmula camuflada bajo distintas variantes. El top 50 de Spotify parece repetir durante horas la misma canción, con variaciones en la voz o en la imagen de lx artista, pero, en esencia, el mismo contenido.

¿Debería lo artístico ser tan fácil de digerir? ¿No debería, en todo caso, exigir algo de nosotrxs? 

En este contexto, formar parte de alguna de las áreas de la práctica creativa sin finalidades económicas, con el foco puesto en la expresión personal es un acto revolucionario. Quienes decidimos dedicar parte de nuestro tiempo —valioso, intrínsecamente capitalista y productivo— a aprender a tocar un instrumento, escribir poemas o leer un libro quedamos desplazadxs de una cotidianeidad dominante: una vida entregada al consumo material y al éxito económico.

Dicho esto, me gustaría destacar: el conflicto no se establece en la existencia de un fin lucrativo, sino en el momento en el que este define el contenido mismo de la obra. El cuestionamiento no sería si es correcto que el arte genere ganancia, sino en qué lugar de la lista de prioridades queda la singularidad: ¿Cuánto estamos dispuestxs, como artistas, a modificar nuestra propia voz para garantizar la circulación y el consumo? ¿Cuándo la adaptación estratégica se convierte en autocensura? ¿Dónde se traza el límite entre dialogar con el mercado o subordinarse a él?

Tal vez el núcleo de esta problemática no sea el factor económico en sí, sino la pérdida de tensión. El arte es un espacio de fricción: con el poder, con el gusto dominante, con el sentido común, con otrxs y con unx mismx. Me inquieta lo que ocurre cuando esa fricción desaparece por completo. 

Sería ingenuo, además, desconocer que el arte también es trabajo y que quienes lo ejercen necesitan vivir de algo. La precarización del campo artístico vuelve casi obligatoria la búsqueda de un ingreso monetario. ¿Qué sucede cuando la supervivencia comienza a dictar el contenido? ¿Somos capaces de balancear el valor de lo genuino con su rentabilidad? Entre la difamación ideológica y la presión económica se construye una trampa. No es el rédito en sí lo que vacía una obra, sino la influencia de la rentabilidad en la creación misma.

En este panorama, hacer lugar a la práctica creativa adquiere un peso político. Probablemente no se trate de rechazar toda monetización, sino de cuidar dónde está puesto nuestro eje. Tomar clases de improvisación o tango no convierte automáticamente a nadie en artista profesional, pero sí reinstala un aspecto olvidado: el juego, la experimentación.

La potencia artística no se agota en su circulación ni está dictaminada por su precio. La monetización existe, pero el arte no es solo industria cultural: es también una facultad humana.

En una charla TED titulada “La razón para hacer arte cuando el mundo está en llamas”, la escritora Amie McNee plantea que, en un sistema que insiste en recordarnos nuestra supuesta insignificancia, el arte devuelve valor al discurso individual. “Cuando hago arte, veo mi impacto en el mundo”.

McNee reflexiona y realiza una ejemplificación poderosa sobre el uso de la tecnología y el tiempo que pasamos en el mundo online, señalando cómo esas horas acumuladas terminan arrebatándonos años enteros de vida. Nos abstraen de una característica humana esencial y nos empujan hacia una cualidad artificial: hoy somos seres consumistas que alguna vez fueron creadorxs, pero que han olvidado cómo serlo. La productividad hoy es la demanda principal; todo aquello que no se ajuste a estos parámetros cae en la lista negra de actividades.

La charla concluye con una frase de notable sensibilidad: “Podrías, en cambio, dejar este mundo con una pequeña parte de vos en forma de arte”.

Crear es, en esencia, un acto generoso: primero con unx mismx y luego con otrx. Privarse de esa experiencia puede leerse como un acto egoísta. Aquello vacío de significado, despojado de sensibilidad, que responde al consumismo y reproduce hegemonías, priorizando la forma por sobre el contenido, no es arte ni es vínculo.

Este ensayo es una invitación: a relacionarnos con quienes nos rodean, a estar presentes y permeables a lo que el mundo nos propone, incluso cuando esto resulte dificultoso, vale la pena el esfuerzo. Pero, sobre todo, es una convocatoria a formar parte de lo que puede pensarse hoy como un movimiento revolucionario impostergable: ser creadorxs de significado, permitirnos la creatividad, la expresión; retornar a la raíz. Volver a ser sensibles. Volver a sensibilizarnos.

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Seres insensibilizadxs

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Mi preocupación es palpable: interrumpe, irrumpe y molesta. Pareciera haber una escasez creciente de cualidades que, durante siglos, fueron consideradas manifestaciones inherentes a nuestra humanidad: la capacidad simbólica y la sensibilidad. Si prestamos atención a nuestro alrededor, se vuelve evidente que, en muchos casos, ya no se crea: se produce.

En el marco de las Charlas ODA, la actriz argentina Pilar Gamboa lo expresa con claridad: “Vivimos en un sistema en donde la autoexplotación que tiene cada unx para subsistir te va horadando la observación. Unx se va automatizando, la va perdiendo; porque es mejor si unx no la tiene, porque es mejor si unx no es empáticx, porque es mejor para la productividad”.

No se reflexiona, no se piensa; no existe la quietud. Sensibilizarse, en el mundo de hoy, parece una mala idea. En consecuencia, vincularse comienza a percibirse como una amenaza y deja de vivirse como una oportunidad. Relacionarse con otrx implica aceptar un escenario incierto, imposible de prever. Podemos intentar anticipar decisiones y respuestas, pero nada garantiza que estas sucedan. La posibilidad del error o del rechazo se vuelve tangible y, con ella, emerge la inseguridad.

Desde una perspectiva filosófica, el pensador italiano Franco Berardi ofrece una lectura precisa en Fenomenología del fin, describiendo una actualidad mediada por una lógica algorítmica que produce formas repetitivas y automáticas, vacías de contenido. Berardi afirma que “con lo digital se ha llegado a un punto decisivo en este proceso de creciente abstracción y a la cima del aumento de la disociación entre empatía y comprensión”.

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Los medios de comunicación predominantes actualmente no dejan margen para la interpretación ni para reconocer a lx otrx como sujeto complejo. No hay lugar, ni en el tiempo ni en el espacio, para sentir; la sensibilidad no está contemplada dentro del sistema. Nos encontramos sobreestimuladxs, saturadxs por el mundo que nos rodea y, como resultado, elegimos un estado de tibieza. Funcionar en sociedad se convierte en una tarea más, y reconocer la existencia de unx otrx, con sus preocupaciones, sensibilidades y pasiones, implica un esfuerzo adicional.

Ante este panorama, nos inclinamos por lo accesible y lo inmediato. Preferimos vínculos que demanden poco y experiencias que no exijan presencia ni cuidado. Todo aquello que no requiera un estado activo encuentra su lugar sin resistencia.

El impacto de este proceso en el campo artístico resulta innegable. El arte comienza a incorporarse al mundo del trueque, de lo intercambiable en términos materiales, de lo predecible y lo controlable; se le aplica una lógica de cálculo. Ciertos sectores se transforman en moneda de cambio, en ramos de flores de plástico, en maquetas: representaciones materiales de lo que alguna vez fue arte y hoy es producto. Importa lo estético, lo inmediato, lo seguro.

¿Qué sucede cuando se encuentra “la receta”? Ese procedimiento que parece funcionar siempre y alcanzar al público con éxito. Vale la pena detenerse un segundo y analizar: las grandes cadenas de cine parecen reproducir, en todas sus salas y horarios, la misma película, reiterando una fórmula camuflada bajo distintas variantes. El top 50 de Spotify parece repetir durante horas la misma canción, con variaciones en la voz o en la imagen de lx artista, pero, en esencia, el mismo contenido.

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¿Debería lo artístico ser tan fácil de digerir? ¿No debería, en todo caso, exigir algo de nosotrxs? 

En este contexto, formar parte de alguna de las áreas de la práctica creativa sin finalidades económicas, con el foco puesto en la expresión personal es un acto revolucionario. Quienes decidimos dedicar parte de nuestro tiempo —valioso, intrínsecamente capitalista y productivo— a aprender a tocar un instrumento, escribir poemas o leer un libro quedamos desplazadxs de una cotidianeidad dominante: una vida entregada al consumo material y al éxito económico.

Dicho esto, me gustaría destacar: el conflicto no se establece en la existencia de un fin lucrativo, sino en el momento en el que este define el contenido mismo de la obra. El cuestionamiento no sería si es correcto que el arte genere ganancia, sino en qué lugar de la lista de prioridades queda la singularidad: ¿Cuánto estamos dispuestxs, como artistas, a modificar nuestra propia voz para garantizar la circulación y el consumo? ¿Cuándo la adaptación estratégica se convierte en autocensura? ¿Dónde se traza el límite entre dialogar con el mercado o subordinarse a él?

En este panorama, hacer lugar a la práctica creativa adquiere un peso político. Probablemente no se trate de rechazar toda monetización, sino de cuidar dónde está puesto nuestro eje. Tomar clases de improvisación o tango no convierte automáticamente a nadie en artista profesional, pero sí reinstala un aspecto olvidado: el juego, la experimentación.

La potencia artística no se agota en su circulación ni está dictaminada por su precio. La monetización existe, pero el arte no es solo industria cultural: es también una facultad humana.

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En una charla TED titulada “La razón para hacer arte cuando el mundo está en llamas”, la escritora Amie McNee plantea que, en un sistema que insiste en recordarnos nuestra supuesta insignificancia, el arte devuelve valor al discurso individual. “Cuando hago arte, veo mi impacto en el mundo”.

McNee reflexiona y realiza una ejemplificación poderosa sobre el uso de la tecnología y el tiempo que pasamos en el mundo online, señalando cómo esas horas acumuladas terminan arrebatándonos años enteros de vida. Nos abstraen de una característica humana esencial y nos empujan hacia una cualidad artificial: hoy somos seres consumistas que alguna vez fueron creadorxs, pero que han olvidado cómo serlo. La productividad hoy es la demanda principal; todo aquello que no se ajuste a estos parámetros cae en la lista negra de actividades.

La charla concluye con una frase de notable sensibilidad: “Podrías, en cambio, dejar este mundo con una pequeña parte de vos en forma de arte”.

Crear es, en esencia, un acto generoso: primero con unx mismx y luego con otrx. Privarse de esa experiencia puede leerse como un acto egoísta. Aquello vacío de significado, despojado de sensibilidad, que responde al consumismo y reproduce hegemonías, priorizando la forma por sobre el contenido, no es arte ni es vínculo.

Este ensayo es una invitación: a relacionarnos con quienes nos rodean, a estar presentes y permeables a lo que el mundo nos propone, incluso cuando esto resulte dificultoso, vale la pena el esfuerzo. Pero, sobre todo, es una convocatoria a formar parte de lo que puede pensarse hoy como un movimiento revolucionario impostergable: ser creadorxs de significado, permitirnos la creatividad, la expresión; retornar a la raíz. Volver a ser sensibles. Volver a sensibilizarnos.

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