Pop en combustión – una entrevista a Lisa Scha
Estaba en medio de las fechas de presentación de Posesa, su disco debut, cuando una palabra se coló entre el sueño y la vigilia. Se despertó y, todavía medio dormida, grabó en un audio de WhatsApp una secuencia vocal. No parecía significar demasiado, pero ya contenía, de manera embrionaria, la dirección secreta hacia otra cosa. De esa aparición nocturna, más intuición que canción, más reflejo mental que composición consciente, brotaron las quince piezas que después conformarían Colapso.
Posesa llegó en 2023 junto al productor Santi Torranzo. Fue un proceso lento, conjunto y exploratorio. Colapso —hecho también con Torranzo— fue otra cosa: Lisa encerrada en su casa de Caballito, sola con un micrófono, un Ableton y el corazón roto, deambulando por las calles de un barrio nuevo.
Fue, probablemente, el disco que más compulsivamente recomendé el verano pasado y, al mismo tiempo, el que menos supe explicar. Intentaba rodearlo con categorías más o menos precisas: decir que es electrónico, abrasivo, alternativo o que remite a cierto tipo específico de pop oscuro, avant, lo que fuera. Pero terminaba produciendo el efecto contrario: ponerle etiquetas era ordenarlo y su gracia residía, precisamente, en no terminar nunca de quedarse quieto dentro de una sola forma.
Colapso tiene pocas entrevistas. El disco de Lisa circula entre quienes lo encuentran, y eso es coherente con lo que propone. Un pop que no busca gustar del todo o que, incluso cuando se acerca a la seducción melódica, introduce inmediatamente después una especie de interferencia. Ella lo define como un pop incómodo. Dice: “A veces pienso, debería hacer música que guste más, pero no me sale”.
En febrero, después de pasar meses enteros orbitando el disco, modificando ideas en cada escucha, le escribí a Lisa y nos encontramos a tomar un café.
¿Cuál fue tu acercamiento a la música? Sé que tu papá es músico, pero me pregunto: ¿cómo fue apareciendo tu propia forma de hacerla?
La música siempre estuvo presente en mi casa, y muy ligada también a componer. Yo tenía cantantes favoritas, por ejemplo, si me gustaba un tema de Adele, mi papá, por ser manija y músico, me decía: “Bueno, hagámoslo en el piano y grabémoslo, y ahí tenés tu versión”.
También me incentivaba mucho a escribir. Pero él es más músico de escuela y yo soy más de palabra, de cantar.
Después empecé a juntarme con mi primo, que hacía música, me mandaba bases, y yo armaba melodías encima. Ahí me di cuenta de que me gustaba escribir. Me obsesioné con eso: leer, leer, leer, anotar palabras que me gustaban, tener un cuaderno de palabras. Pero siempre muy unido, la voz y la palabra. No puedo separarlas.
En Colapso hay una búsqueda constante de definirte: bruja, actriz en el amor, tu novia, tu enemiga, una nueva especie. ¿De dónde viene eso?
El disco está hecho muy en mi casa. El micrófono y yo, sola todo el día, armando las maquetas. Hubo un encuentro más real de mí con eso. Fue como mirarme en el espejo de forma bastante obsesiva. Y eso lleva a esta cosa de definirme todo el tiempo, por lo que me estaba pasando también. Encontrando muchas yo, de alguna forma, y llevándolas a la voz.
Incluso desde lo sonoro hay muchas capas que se superponen, registros que se contradicen. ¿Cómo fue llevar esa multiplicidad a lo vocal específicamente?
La voz muestra la tensión, ¿viste? Como la tensión que después ponemos en la música, en la producción, de repente todo es medio eléctrico y satura. Siento que el disco recorre una cosa muy incómoda, de búsqueda, de conflicto.
Había algo que todavía no había encontrado de mí, y ahí apareció. No me gusta usar la palabra «personaje» porque suena a que no soy yo, pero es algo así. Muchas capas, todas versiones de una misma cosa. Probar gritar en una capa, cantar chiquito en otra.
En el disco hay una figura que se repite: la chica. ¿Qué te interesaba de esa figura?
Me gustaba mucho la idea de correrme de mí misma. No estoy haciendo algo tan especial, no estoy sola en esto. Contar lo que le pasa a todas las chicas que tengo alrededor, pero volverlo pop. Un sentir que puedo ser cualquiera, camuflarme entre otras.
“Arisca” es un tema que corta un poco con la lógica introspectiva del disco. ¿Qué querías contar?
Sí. Es el tema que más se corre de mirarme a mí. Empiezo a mirar hacia afuera y, de repente, pienso: me siento así y nadie está hablando de esto. La rabia que provoca la idea gigante del amor. Una rabia femenina, de alguna forma.
En las canciones encuentro, a veces, una falta. Pienso: “Che, ¿podés hablar de algo?”. No es para hatear ni en pedo, pero sí hay algo de un lenguaje muy plano. Yo antes escribía más o menos como se tenía que escribir una canción. Y Colapso fue encontrar algo mío en esa grieta e ir al hueso.
La canción también parece hablar del lenguaje en sí. Hay algo de que las palabras ya no dicen nada. Me interesa porque habla desde el vaciamiento del lenguaje. ¿Cómo ves esto plasmado en lo concreto?
Hay algo del presente en que las palabras no importan tanto. O que lo que se dice después no es cierto. También me parece que el lenguaje no es real porque ya no nos encontramos tanto. Es todo online, todo escrito. Puedo escribir cualquier cosa y parece verdad, pero no lo es.
Ver a amigas con la cara iluminada porque «me dijo esto» y yo, muy desde afuera, tipo bruja egoísta, sabiendo que iba a terminar mal. Y al mismo tiempo yo termino haciendo lo mismo. Es re fácil caer. Estás esperando que te likeen una foto, un movimiento que no significa nada. Por eso hay algo en “Arisca” de decir «prefiero los años veinte a este horror». No podemos vivir acá adentro.
¿Cómo pensás el arco del disco? ¿Tiene una narrativa interna?
El disco tiene una estructura de caída interna. Hay algo de una guerra interna, y también contra un otrx. Arranca casi como una fantasía: todo bien, una invencibilidad. Y después se rompe en mil pedazos. Hay un quiebre a la mitad del disco.
¿Dónde colapsa el disco dentro del disco?
Después de “Chica” hay un derrumbe. El disco arranca como una fantasía que se rompe, y tiene que bajar sí o sí. Ahí hay algo que se quiebra.
“Hipersensibilidad” está en el tope de la locura. En “Chica” es como si se entendiera algo de lo que pasa, de por qué pasa. Es el tema que explica el amor idealizado, lo que una piensa y lo que una quiere, y cómo eso se rompe. Y aparece la chica, que no soy yo, sino que buscaba representar que a todas nos pasa un poco lo mismo.
Y cierra con “Ilapso”, que espeja el título de apertura. Como si se cerrara sobre sí mismo justo donde parecía empezar a abrirse. ¿Cómo pensaste esa relación?
Creo que tiene que ver con la idea del colapso mismo, con los dos polos. Soy tu novia, tu enemiga. Blanco y negro. Algo que se parte, eso puede ser de distintas formas.
En el último tramo, “llapso” se reduce a una voz que se repite como mantra. “Chica, tené cuidado, por favor”. Y, luego, una desviación microscópica, el único momento en todo el álbum en que aparece su nombre propio: “Lisa, tené cuidado, por favor”. Una sola vez, entre todas las «chicas». Después de quince canciones sin nombrarse, la voz se reconoce.
Este 28 de Mayo, Lisa va a presentar el disco en Maquinal. Y quizás sea ahí, entre las luces fatigadas, el temblor de los bajos y decenas de voces ajenas devolviendo esas frases desde la oscuridad, donde Colapso vuelva a expandirse, una vez más, hacia lugares todavía inciertos.
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Pop en combustión - una entrevista a Lisa Scha
Estaba en medio de las fechas de presentación de Posesa, su disco debut, cuando una palabra se coló entre el sueño y la vigilia. Se despertó y, todavía medio dormida, grabó en un audio de WhatsApp una secuencia vocal. No parecía significar demasiado, pero ya contenía, de manera embrionaria, la dirección secreta hacia otra cosa. De esa aparición nocturna, más intuición que canción, más reflejo mental que composición consciente, brotaron las quince piezas que después conformarían Colapso.
Posesa llegó en 2023 junto al productor Santi Torranzo. Fue un proceso lento, conjunto y exploratorio. Colapso —hecho también con Torranzo— fue otra cosa: Lisa encerrada en su casa de Caballito, sola con un micrófono, un Ableton y el corazón roto, deambulando por las calles de un barrio nuevo.
Fue, probablemente, el disco que más compulsivamente recomendé el verano pasado y, al mismo tiempo, el que menos supe explicar. Intentaba rodearlo con categorías más o menos precisas: decir que es electrónico, abrasivo, alternativo o que remite a cierto tipo específico de pop oscuro, avant, lo que fuera. Pero terminaba produciendo el efecto contrario: ponerle etiquetas era ordenarlo y su gracia residía, precisamente, en no terminar nunca de quedarse quieto dentro de una sola forma.
Colapso tiene pocas entrevistas. El disco de Lisa circula entre quienes lo encuentran, y eso es coherente con lo que propone. Un pop que no busca gustar del todo o que, incluso cuando se acerca a la seducción melódica, introduce inmediatamente después una especie de interferencia. Ella lo define como un pop incómodo. Dice: “A veces pienso, debería hacer música que guste más, pero no me sale”.
En febrero, después de pasar meses enteros orbitando el disco, modificando ideas en cada escucha, le escribí a Lisa y nos encontramos a tomar un café.
¿Cuál fue tu acercamiento a la música? Sé que tu papá es músico, pero me pregunto: ¿cómo fue apareciendo tu propia forma de hacerla?
La música siempre estuvo presente en mi casa, y muy ligada también a componer. Yo tenía cantantes favoritas, por ejemplo, si me gustaba un tema de Adele, mi papá, por ser manija y músico, me decía: “Bueno, hagámoslo en el piano y grabémoslo, y ahí tenés tu versión”.
También me incentivaba mucho a escribir. Pero él es más músico de escuela y yo soy más de palabra, de cantar.
Después empecé a juntarme con mi primo, que hacía música, me mandaba bases, y yo armaba melodías encima. Ahí me di cuenta de que me gustaba escribir. Me obsesioné con eso: leer, leer, leer, anotar palabras que me gustaban, tener un cuaderno de palabras. Pero siempre muy unido, la voz y la palabra. No puedo separarlas.
En Colapso hay una búsqueda constante de definirte: bruja, actriz en el amor, tu novia, tu enemiga, una nueva especie. ¿De dónde viene eso?
El disco está hecho muy en mi casa. El micrófono y yo, sola todo el día, armando las maquetas. Hubo un encuentro más real de mí con eso. Fue como mirarme en el espejo de forma bastante obsesiva. Y eso lleva a esta cosa de definirme todo el tiempo, por lo que me estaba pasando también. Encontrando muchas yo, de alguna forma, y llevándolas a la voz.
Incluso desde lo sonoro hay muchas capas que se superponen, registros que se contradicen. ¿Cómo fue llevar esa multiplicidad a lo vocal específicamente?
La voz muestra la tensión, ¿viste? Como la tensión que después ponemos en la música, en la producción, de repente todo es medio eléctrico y satura. Siento que el disco recorre una cosa muy incómoda, de búsqueda, de conflicto.
Había algo que todavía no había encontrado de mí, y ahí apareció. No me gusta usar la palabra «personaje» porque suena a que no soy yo, pero es algo así. Muchas capas, todas versiones de una misma cosa. Probar gritar en una capa, cantar chiquito en otra.
En el disco hay una figura que se repite: la chica. ¿Qué te interesaba de esa figura?
Me gustaba mucho la idea de correrme de mí misma. No estoy haciendo algo tan especial, no estoy sola en esto. Contar lo que le pasa a todas las chicas que tengo alrededor, pero volverlo pop. Un sentir que puedo ser cualquiera, camuflarme entre otras.
“Arisca” es un tema que corta un poco con la lógica introspectiva del disco. ¿Qué querías contar?
Sí. Es el tema que más se corre de mirarme a mí. Empiezo a mirar hacia afuera y, de repente, pienso: me siento así y nadie está hablando de esto. La rabia que provoca la idea gigante del amor. Una rabia femenina, de alguna forma.
En las canciones encuentro, a veces, una falta. Pienso: “Che, ¿podés hablar de algo?”. No es para hatear ni en pedo, pero sí hay algo de un lenguaje muy plano. Yo antes escribía más o menos como se tenía que escribir una canción. Y Colapso fue encontrar algo mío en esa grieta e ir al hueso.
¿Cómo pensás el arco del disco? ¿Tiene una narrativa interna?
El disco tiene una estructura de caída interna. Hay algo de una guerra interna, y también contra un otrx. Arranca casi como una fantasía: todo bien, una invencibilidad. Y después se rompe en mil pedazos. Hay un quiebre a la mitad del disco.
¿Dónde colapsa el disco dentro del disco?
Después de “Chica” hay un derrumbe. El disco arranca como una fantasía que se rompe, y tiene que bajar sí o sí. Ahí hay algo que se quiebra.
“Hipersensibilidad” está en el tope de la locura. En “Chica” es como si se entendiera algo de lo que pasa, de por qué pasa. Es el tema que explica el amor idealizado, lo que una piensa y lo que una quiere, y cómo eso se rompe. Y aparece la chica, que no soy yo, sino que buscaba representar que a todas nos pasa un poco lo mismo.
Y cierra con “Ilapso”, que espeja el título de apertura. Como si se cerrara sobre sí mismo justo donde parecía empezar a abrirse. ¿Cómo pensaste esa relación?
Creo que tiene que ver con la idea del colapso mismo, con los dos polos. Soy tu novia, tu enemiga. Blanco y negro. Algo que se parte, eso puede ser de distintas formas.
En el último tramo, “llapso” se reduce a una voz que se repite como mantra. “Chica, tené cuidado, por favor”. Y, luego, una desviación microscópica, el único momento en todo el álbum en que aparece su nombre propio: “Lisa, tené cuidado, por favor”. Una sola vez, entre todas las «chicas». Después de quince canciones sin nombrarse, la voz se reconoce.
Este 28 de Mayo, Lisa va a presentar el disco en Maquinal. Y quizás sea ahí, entre las luces fatigadas, el temblor de los bajos y decenas de voces ajenas devolviendo esas frases desde la oscuridad, donde Colapso vuelva a expandirse, una vez más, hacia lugares todavía inciertos.