Las poetas punk
Las poetas punk
A mí me aburría muchísimo escuchar poetas. Era una mezcla de ego y de apatía: no había nada escénico en lxs otrxs con quienes solía compartir eventos; aunque intentaba entender sus palabras, mi atención se perdía muy fácil en los ruidos, las luces, las ropas. Como si en su recitado robótico renunciaran a la intención de interesar al público o, peor aun, lxs despojaran de su condición de espectadorxs para considerarlxs meros lectores. Como si se olvidaran de que trascendieron del medio escrito al oral, al visual, a la presencia compartida en una misma habitación.
Hasta este día en Desarme y Sangre.
Estoy llegando tarde y soy la segunda poeta del lineup. Afuera llueve, son las nueve de la noche. Apuro el paso por San Telmo mientras practico en voz alta los poemas de siempre. La calle está casi vacía, solo un tipo con una botella en la esquina me mira y yo pienso que no debo de ser tanto más rara que lxs oficinistas de día que hablan por teléfono con auriculares. Llego a Persiana Club. Es la cuarta edición de este ciclo de arte. El espacio ya lo conozco, acá hacíamos Caída Suave en 2022, el ciclo de poesía de Mitosis que vio nacer esta revista.La edición anterior de Desarme y Sangre había sido el año pasado en El Limonero y habíamos llevado el Living Fulana. Pero esta vez es en otro lugar, yo vine solo como poeta y dejé a Fulana en casa.
La primera en recitar es Annie. Lee pocos poemas, uno es sobre su gata, que falleció hace pocos días. Nos reta por aplaudir un poema triste. No es la primera vez que escribe sobre el duelo. Annie suele leer textos nuevos, distintos cada vez. Su novio la mira desde el público, conmovido.
Después paso yo. Recito el primero caminando por el espacio. Es efectivo: miro a cada unx a los ojos y me devuelven la mirada. Aúllo y me retuerzo. Mis poemas son cortos, duran menos de un minuto, y trato de decirlos de memoria. Busco que la potencia esté en los movimientos, las poses, las caras. En el segundo texto me pierdo, mi mente deja de cantarme la letra para advertirme el peligro. Confieso rápido y redirijo la atención:
–Ay, me distraje porque llegó Vico. ¿Sabían que es la ganadora del Slam Argentina?
Es fácil retomar después. Todo fluye y termino pronto. Después un recreo. La gente se acerca, saluda, felicita. Se repite la misma pregunta de siempre:
–¿Sos actriz?
–No, poeta.
Recién entonces miro el espacio. Decora el escenario un lienzo de varios metros con la pintura de una mujer sosteniendo un corazón, la mano enorme, los dedos enroscados. En su rostro sin rasgos se lee «vos» y en la explosión que se desprende del corazón “desarme y sangre / queridx artista”. Dos telas blancas, desordenadas, enmarcan el lienzo como cortinas de un teatro. Los cuadros de Emma Kaala son así, mujeres desbordadas, desnudas y deformes. Y las palabras en sus textos siempre están diseñadas, la intervención de la puesta en página es parte del mensaje. Sus libros tienen letras manuscritas, dibujos de trazos gruesos, una explosión de emociones volcadas a grosso modo en la página. Contrastan con el resto del catálogo de Miríficas, la editorial donde suele publicar su obra. Sus posteos en redes sociales también se distinguen, pero la imagen es diferente: con letras de palo seco demasiado estiradas o deformadas, los textos parecen pegados con paint sobre fotos que podrían estar en un fotolog. No son fáciles de leer, no hay principio alguno de legibilidad que se respete, pero recomiendo el esfuerzo: manifiestos sobre cómo contemplar (en lugar de enfocarse) o cómo ser la mejor mujer (con total ironía) o cómo ser dios (creer en crear). Todo su arte grita. Y este ciclo también.
A Desarme y Sangre lo organizan Emma y Abigail Camino. Ambas son poetas y artistas visuales. Su ciclo es raro y siempre tiene las puertas abiertas: no importa la hora a la que termine, ellas garantizan el mic abierto. Invitan a lxs artistas a compartir sus rarezas, y su curaduría del lineup nunca falla. Con el paso de las fechas, fueron aprendiendo a organizar los horarios para que el público no se abrume ni se aburra, a equilibrar la presencia escénica de la música con la de la poesía. Aunque no lo parezca, no dejar la poesía toda junta y al final después de la última banda, para que haya un público preparado para cada performance, es político.
Mientras preparan los instrumentos para la primera banda, veo a Vico sentada y me acerco. Quiero saber sobre su experiencia en el mundillo del Slam. Ella tiene 19 años; yo tenía 22 cuando me había acercado a esos espacios en mis primeras recitadas, y había huído por lo podrido del ambiente, los abusadores y acosadores, que eran figurita frecuente en el under poético. Pero este mes empezaron a sacar varios comunicados desde la cuenta de Slam Argentina desvinculando a algunas personas de las organizaciones. Le comparto a Vico mi experiencia en activismo feminista, cómo tuvimos que organizarnos entre las disidencias para cuidarnos y algunas anécdotas con personajes que siguieron apareciendo en la escena. Ella me cuenta sus viajes como representante nacional del Slam y anécdotas de la competencia, que el mundial va a ser en Sudáfrica y que aún está viendo cómo juntar la plata para el pasaje. Ella habla y yo pienso que todavía no sé cómo recita; tiene más videos de vlogs, grwm o recomendaciones literarias que recitando. No la juzgo, a mí tampoco me convence la potencia de mi poesía mediada por una pantalla.
Nos interrumpe la conversación la primera banda, Distopía. Hacen punk rock, una chica canta, otra chica toca la batería y otro chico el teclado. Luego toca la segunda banda, Jacarandá, con una flauta traversa, piano, y una cantidad de instrumentos que pierdo el hilo; lo que hacen se parece mucho a La Máquina de Hacer Pájaros. Pero hoy no quiero hablar de las bandas, vine a hablar de poesía. Mientras escucho, observo el espacio: entre los cuadros de Clarisa Echazu hay rosas pegadas a la pared con cinta de papel. También hay rosas al lado de la lista del mic abierto, junto a un marcador para la autogestión. Una chica pinta un lienzo en vivo, en una mesita se amontonan álbumes de fotos y collages. Al lado, un tiro al blanco con la cara de Milei y un cartel con la instrucción: desahogate.
Entonces recita Vico. Y entiendo por qué salió campeona, todavía adolescente, del Slam Argentina. Recita poemas largos, como buena slammer, pero los entona, encara a su público y se mueve por el espacio. Grita pero también sabe bajar la voz. Me veo reflejada en ella, y también encuentro sus singularidades. Veo en su tono y en sus palabras la esencia del Slam, que tan ajena me resulta y, sin embargo, es la primera vez que un poema de ese género me resulta poético y no parte de un stand up. El último poema es sobre el 24 de marzo. Contrasta con el resto de su performance. Está enojada y declama, cual consignas en una marcha, su manifiesto. Eso último ya no parece poesía, y aun así me resulta disruptivo, incluso punk. Lo que dice es un lugar común, sí, pero necesario: apela a la conciencia colectiva. Mientras dice “nunca más”, nosotrxs lo repetimos en silencio como un mantra, todxs sabemos la letra. Me emociona saber que va a llegar lejos.
Después sigue Carolina Branca, otra poeta que, para mi sorpresa, ¡también performea! Se enrosca sobre sí misma, se agacha, se mueve, susurra. Me queda grabado el verso de un poema sobre mujeres que aman demasiado: repentina, romántica, relevante. Pronuncia las “r” y se ríe, es consciente del patetismo de una poeta hablando de amor. Exagera y dramatiza, juega al ridículo. Las palabras, precisas y potentes, suenan a que sus textos tienen tijera y no solo intención. Pero las lee de un cuaderno y eso me confunde. ¿Será que escribe así a la primera o el cuaderno es una perfo, donde reescribe la versión final después de la edición?
Hace años que no me pasaba algo así. Supe conocer algunxs poetas performáticxs cuando recién empezaba a recitar, justo antes de la pandemia, que claramente influyeron en mis modos, pero después dejé de encontrarlxs. También me sucedió que, cuando empecé a editar a otrxs, yo misma dejé de escribir. Entonces me paseaba por los ciclos a los que me invitaban, recitando y actuando siempre los mismos textos, ensayados por años hasta el hartazgo, pero con el efecto intacto: el público siempre se renovaba. Después venía la bruma de escuchar y asentir, hacer como que entendía, que las palabras que decían mis colegas me llegaban, a pesar de no tener intención, pronunciación, proyección.
Antes de la siguiente tanda de poetas, toca Klara Guerrero junto a un chico en el piano. El trípode del teclado se afloja y se desploma justo antes de que comiencen y las organizadoras corren a ajustarlo. El silencio es sepulcral. Podría haber sido una tragedia, pero el piano anda y comienzan a tocar. Me gusta cómo está vestida Klara, tiene una remera negra de raso con encaje y una pollera plisada con flores. El piano suena con brillos, un efecto ochentoso que me recuerda a The Cure. Ella aúlla sus canciones como salidas de un diario íntimo. Las lucecitas que cuelgan del techo se mueven con el ventilador, que va rotando entre lxs artistas y el público.
Ya son las dos de la mañana, estoy cansada pero también quiero escuchar a las organizadoras, que se dejaron a sí mismas para el final. Salgo a la calle a tomar aire. Una chica sale detrás de mí y le anuncia a sus amigxs, como una fatalidad:
–¡Están armando de nuevo el teclado!
Es dramático porque las bandas suelen tocar media hora o más, mientras que los poetas recitan diez minutos o menos. Pero no: es el piano que va a acompañar a Emma. Entonces todo lo próximo sucede en poco tiempo.
Emma se sienta en el piso, desarmada, y acomoda a su alrededor los textos impresos. Tiene una sombra de color en los ojos, un rodete desordenado y un body rojo de encaje. A medida que va leyendo quita las páginas, hasta que no queda ninguna. El piano no la interrumpe, la espera, es sutil. Emma no grita, no actúa, e incluso así lo que hace es escénico e hipnótico. Emma dice que lo punk es ser poeta. Y muy pronto recita Abigail, que viste como salida de una película de los 2000, un chaleco cuadrillé sobre una camisa, unos pantalones bajos tipo oxford con strass y encajes, y unos taquitos en punta asomando. En sus poemas declara que quiere tener una banda de chicas punk.
Cuando termina la tanda de poesía, un chico corre y enchufa su piano, es Lisandro Barci, y se pone a agradecer al público por haberse quedado hasta el final. Yo acabo de pedirme un auto, pero el chico sigue agradeciendo, y ahora dice que es la primera vez que va a mostrar sus temas. Empieza a tocar, sensible y entregado, cierra los ojos mientras canta, y llego a escuchar, mientras salgo a la lluvia, los primeros acordes.
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