El 2017 se terminó y el indie murió
Redactor y fotógrafo: Pewen
Editora: Abril Carrizo
Neon genesis indie
En 2024, en medio del revuelo por la separación de Las Ligas Menores (o al menos la partida de todxs sus integrantes salvo una), hubo un comentario en el comunicado que lanzó la banda que rezaba: “Se cayó el último bastión del indie, el 2017 se terminó, ya no somos más jóvenes”. Aunque pueda sonar chistoso por el tono en que se lee, hay una verdad de fondo: ese fue el último año en que el indie fue indie. Ya no somos jóvenes despreocupadxs, y llenar la olla de comida todos los días se volvió un desafío que nos llevó, sino a abandonar nuestros sueños, a convertir aquello que hacíamos por mero gusto en una labor lucrativa. El indie murió, pero porque quienes le daban vida se volvieron adultxs en medio de una crisis económica que complicó mucho ser libre y vivir la independencia del mercado. La autogestión se convirtió en emprendedurismo, y lo independiente y periférico se volvió céntrico y mainstream.
El indie, como su público, cambió.
Pero ¿por qué ese año y no, por ejemplo, en el 2016, cuando se destaparon casos de abuso sexual en diversas bandas? ¿Por qué 2017 es el año que se puede tomar como el final del indie? ¿Qué pasó con esa juventud de ropa de feria americana y sueldos de trabajos de seis horas?
Fue en una clase de historia de la facultad que un profesor comentó que el coletazo social y económico de una medida de gobierno se siente recién transcurridos unos dos o tres años después de haber sido tomada. Y fue justamente en ese segundo año del gobierno macrista que el fin del “estado de bienestar” impulsado por el kirchnerismo comenzó a hacerse sentir en la cultura tras el cierre de los espacios en los medios públicos que daban difusión a bandas emergentes. La reestructuración de ciertas áreas culturales vació de oportunidades a quienes recién levantaban sus cabezas, desplazándolxs a surcar nuevamente un circuito cultural cuya lógica era dictada por el mercado. Las bandas que lograban sobrevivir eran aquellas cuyas trayectorias les permitían surfear la crisis económica; en la mayoría de los casos, el trabajo como músicxs era su sustento de vida o un labor a tiempo completo.
En ese contexto en que ver tocar a El mató se volvía algo medianamente caro (los habíamos visto hasta gratis en lugares chicos), la misma banda largaba el disco que le diría adiós al noise lo-fi que los había caracterizado en sus inicios. La síntesis O’konor (2017), catalogado incluso como su mejor disco, tiene letras que hablan de un mundo extraño donde todxs son más jóvenes que unx; algo que al mismo público le estaba pasando. Ya no éramos pibitxs. Los 2010 se estaban por terminar, y a los dolores del cuerpo se le sumaban las preocupaciones propias del ajuste económico. Apenas unos meses más tarde, y a poco de cumplir diez años de existencia, Mi Amigo Invencible sacaba su EP Nuestra Noche (2017), cuyo primer tema evocaba el diálogo de una pareja joven que, recostada, ve lo precario del techo de su hogar y habla sobre cosas como la vejez. Incluso su música sonaba adulta.
Sumado a la radicalización ideológica de ciertos sectores (fue el año de la desaparición de Santiago Maldonado y el inicio de las razias policiales al final de las marchas), los avances en materia de género logrados tras el primer Ni una menos en 2015 hacían que ya no tuviera cabida cualquier artista o banda en ciertos circuitos. Ya no se trataba sólo de ser medio progre o no facho, sino también de no ser un violento o abusador.
Llegado el 2018, en el ámbito cultural alternativo se volvió imperativo revisar y cuestionar las actitudes machistas de quienes creaban las canciones que cantábamos con pasión. A la vez, la nueva música que se creaba no terminaba de reflejar la cada vez más cruda realidad económica que se vivía en las calles y el clima político caldeado de ese momento. Era en este contexto material que el público ya no se identificaba del todo con lo que escuchaba.
Efectivamente, en 2017 el indie murió; y si bien no se evidenció hasta el inicio de la pandemia, no fue por otra cosa más que el coletazo de los dos años posteriores. El indie como género autónomo, autogestivo e independiente como tal dejó de existir. En muchos casos, las bandas siguen siendo sus propias productoras porque se convirtieron en marcas y en su propia PyME. El salto que permitieron dar aplicaciones como Spotify o la redsocialización de Youtube hizo de las viejas bandas independientes una empresa cuasi S.A. Autónoma, donde el lucro prima. El emprendedurismo reemplazó la autogestión y a la autonomía e independencia se las comió el mercado.
La juventud terminó. Dejamos de ser indies y cool. La canción copada finalizó y es hora de bajarse del bondi para entrar a ese laburo que nos deprime, distante de aquella carrera universitaria que dejamos sin terminar y esos sueños de independencia de un mercado que, finalmente, por H o por B, nos comió. Una vida alejada, incluso, de aquella ambición por derribar al capitalismo sólo con arte y sin enfrentar las crueles consecuencias de la lucha social. Las canciones ñoñas suenan en los auriculares mientras vamos en el bondi con la mochila lista para enfrentar la represión policial. La letra tierna y de amor pareciera remitir más a lxs propixs hijxs que a una pareja. El mundo y nuestras metas cambiaron. El contexto material de nuestra existencia y nuestra forma de entenderlo también.
La “pascua indie” o el “ indie de resurrección”
Nuevas bandas surgen en este nuevo contexto, algunas sobrevivientes de aquellos últimos dos años de la década pasada; otras producto de un encierro obligatorio que permitió a algunas personas cierto desarrollo artístico. Atravesada la crisis cultural postpandémica —en la que se produjo una carencia de espacios donde desarrollar una escena alternativa, al igual que sucedió con el post-Cromañón—, surgió toda una nueva andanada de bandas indies que crecieron influenciadas por el sonido de la anterior generación de proyectos independientes. Bandas que sólo conocen de la crisis social y económica, de tocar por el viático y no mucho más, porque el boleto aumenta a cada rato.
El indie, como género, ha muerto. Allá por 2017 la situación socioeconómica le dio el tiro que marcaría su final, haciéndolo desangrar lentamente. Sus letras, carentes de expresión política, dejaron de reflejar la realidad de quienes alimentaron el género con su escucha. El público viró para otros sonidos; y el que quedaba, o era muy joven y apenas salía al mundo, o la realidad no le afectaba y no le importaba nada.
Sin embargo, cual Digimon vuelto huevo, y al igual que pasó con el post-Cromañón, el indie resurgió, con nuevos rostros y nuevas bandas unos cuatro años después del 2018. Ya limpio, aparentemente, de violadores, abusadores y toda la ranciedad que yacía bajo la alfombra del ambiente.
Lo de ahora pareciera ser un indie nuevo, fresco y con canciones nuevamente más terrenales, que se sienten en la piel y bien pueden acompañar la vuelta a casa con las piernas llenas de balazos de goma o la espera para hacerse algún chequeo médico.
Como cantaba El mató, allá por 2017, ahora “todo el mundo es más joven que yo”. La escena independiente se renovó y crece bajo el ala de quienes algunas vez movieron las cabezas al ritmo de Bestia Bebé y Temporada de Tormentas en un sucucho de Capital con apenas veintipocos años.
El indie, así como se murió, renació.
Aunque la casa todavía esté en desorden, felices pascuas indie.
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El 2017 se terminó y el indie murió
Redactor y fotógrafo: Pewen
Editora: Abril Carrizo
Neon genesis indie
En 2024, en medio del revuelo por la separación de Las Ligas Menores (o al menos la partida de todxs sus integrantes salvo una), hubo un comentario en el comunicado que lanzó la banda que rezaba: “Se cayó el último bastión del indie, el 2017 se terminó, ya no somos más jóvenes”. Aunque pueda sonar chistoso por el tono en que se lee, hay una verdad de fondo: ese fue el último año en que el indie fue indie. Ya no somos jóvenes despreocupadxs, y llenar la olla de comida todos los días se volvió un desafío que nos llevó, sino a abandonar nuestros sueños, a convertir aquello que hacíamos por mero gusto en una labor lucrativa. El indie murió, pero porque quienes le daban vida se volvieron adultxs en medio de una crisis económica que complicó mucho ser libre y vivir la independencia del mercado. La autogestión se convirtió en emprendedurismo, y lo independiente y periférico se volvió céntrico y mainstream.
El indie, como su público, cambió.
Pero ¿por qué ese año y no, por ejemplo, en el 2016, cuando se destaparon casos de abuso sexual en diversas bandas? ¿Por qué 2017 es el año que se puede tomar como el final del indie? ¿Qué pasó con esa juventud de ropa de feria americana y sueldos de trabajos de seis horas?
Fue en una clase de historia de la facultad que un profesor comentó que el coletazo social y económico de una medida de gobierno se siente recién transcurridos unos dos o tres años después de haber sido tomada. Y fue justamente en ese segundo año del gobierno macrista que el fin del “estado de bienestar” impulsado por el kirchnerismo comenzó a hacerse sentir en la cultura tras el cierre de los espacios en los medios públicos que daban difusión a bandas emergentes. La reestructuración de ciertas áreas culturales vació de oportunidades a quienes recién levantaban sus cabezas, desplazándolxs a surcar nuevamente un circuito cultural cuya lógica era dictada por el mercado. Las bandas que lograban sobrevivir eran aquellas cuyas trayectorias les permitían surfear la crisis económica; en la mayoría de los casos, el trabajo como músicxs era su sustento de vida o un labor a tiempo completo.
En ese contexto en que ver tocar a El mató se volvía algo medianamente caro (los habíamos visto hasta gratis en lugares chicos), la misma banda largaba el disco que le diría adiós al noise lo-fi que los había caracterizado en sus inicios. La síntesis O’konor (2017), catalogado incluso como su mejor disco, tiene letras que hablan de un mundo extraño donde todxs son más jóvenes que unx; algo que al mismo público le estaba pasando. Ya no éramos pibitxs. Los 2010 se estaban por terminar, y a los dolores del cuerpo se le sumaban las preocupaciones propias del ajuste económico. Apenas unos meses más tarde, y a poco de cumplir diez años de existencia, Mi Amigo Invencible sacaba su EP Nuestra Noche (2017), cuyo primer tema evocaba el diálogo de una pareja joven que, recostada, ve lo precario del techo de su hogar y habla sobre cosas como la vejez. Incluso su música sonaba adulta.
Sumado a la radicalización ideológica de ciertos sectores (fue el año de la desaparición de Santiago Maldonado y el inicio de las razias policiales al final de las marchas), los avances en materia de género logrados tras el primer Ni una menos en 2015 hacían que ya no tuviera cabida cualquier artista o banda en ciertos circuitos. Ya no se trataba sólo de ser medio progre o no facho, sino también de no ser un violento o abusador.
Llegado el 2018, en el ámbito cultural alternativo se volvió imperativo revisar y cuestionar las actitudes machistas de quienes creaban las canciones que cantábamos con pasión. A la vez, la nueva música que se creaba no terminaba de reflejar la cada vez más cruda realidad económica que se vivía en las calles y el clima político caldeado de ese momento. Era en este contexto material que el público ya no se identificaba del todo con lo que escuchaba.
Efectivamente, en 2017 el indie murió; y si bien no se evidenció hasta el inicio de la pandemia, no fue por otra cosa más que el coletazo de los dos años posteriores. El indie como género autónomo, autogestivo e independiente como tal dejó de existir. En muchos casos, las bandas siguen siendo sus propias productoras porque se convirtieron en marcas y en su propia PyME. El salto que permitieron dar aplicaciones como Spotify o la redsocialización de Youtube hizo de las viejas bandas independientes una empresa cuasi S.A. Autónoma, donde el lucro prima. El emprendedurismo reemplazó la autogestión y a la autonomía e independencia se las comió el mercado.
Ley Omnibus 2024
La juventud terminó. Dejamos de ser indies y cool. La canción copada finalizó y es hora de bajarse del bondi para entrar a ese laburo que nos deprime, distante de aquella carrera universitaria que dejamos sin terminar y esos sueños de independencia de un mercado que, finalmente, por H o por B, nos comió. Una vida alejada, incluso, de aquella ambición por derribar al capitalismo sólo con arte y sin enfrentar las crueles consecuencias de la lucha social. Las canciones ñoñas suenan en los auriculares mientras vamos en el bondi con la mochila lista para enfrentar la represión policial. La letra tierna y de amor pareciera remitir más a lxs propixs hijxs que a una pareja. El mundo y nuestras metas cambiaron. El contexto material de nuestra existencia y nuestra forma de entenderlo también.
La “pascua indie” o el “ indie de resurrección”
Nuevas bandas surgen en este nuevo contexto, algunas sobrevivientes de aquellos últimos dos años de la década pasada; otras producto de un encierro obligatorio que permitió a algunas personas cierto desarrollo artístico. Atravesada la crisis cultural postpandémica —en la que se produjo una carencia de espacios donde desarrollar una escena alternativa, al igual que sucedió con el post-Cromañón—, surgió toda una nueva andanada de bandas indies que crecieron influenciadas por el sonido de la anterior generación de proyectos independientes. Bandas que sólo conocen de la crisis social y económica, de tocar por el viático y no mucho más, porque el boleto aumenta a cada rato.
El indie, como género, ha muerto. Allá por 2017 la situación socioeconómica le dio el tiro que marcaría su final, haciéndolo desangrar lentamente. Sus letras, carentes de expresión política, dejaron de reflejar la realidad de quienes alimentaron el género con su escucha. El público viró para otros sonidos; y el que quedaba, o era muy joven y apenas salía al mundo, o la realidad no le afectaba y no le importaba nada.
Sin embargo, cual Digimon vuelto huevo, y al igual que pasó con el post-Cromañón, el indie resurgió, con nuevos rostros y nuevas bandas unos cuatro años después del 2018. Ya limpio, aparentemente, de violadores, abusadores y toda la ranciedad que yacía bajo la alfombra del ambiente.
El Nota en la Chinaski
Lo de ahora pareciera ser un indie nuevo, fresco y con canciones nuevamente más terrenales, que se sienten en la piel y bien pueden acompañar la vuelta a casa con las piernas llenas de balazos de goma o la espera para hacerse algún chequeo médico.
Como cantaba El mató, allá por 2017, ahora “todo el mundo es más joven que yo”. La escena independiente se renovó y crece bajo el ala de quienes algunas vez movieron las cabezas al ritmo de Bestia Bebé y Temporada de Tormentas en un sucucho de Capital con apenas veintipocos años.
El indie, así como se murió, renació.
Aunque la casa todavía esté en desorden, felices pascuas indie.