¿De dónde salieron estos pibes?

Redactora: Guadalupe Jazmín 

Editora: Paloma Rojo

Mi imagen
Mi imagen

¿Sabés lo que es entrar a un lugar en el que apenas hay veinte personas, casi todas se conocen entre sí y lo que reúne a esas personas, en ese lugar, es una misma búsqueda? Así son las juntadas artísticas en lugares que son su propio mundillo: bares, cafés, centros culturales, casas de gente. Seremos veinte, treinta, a veces cuarenta o doscientas personas. Pero existimos. Descubrimos nuestras taperas, creamos nuestro terruño y somos como el topo subterráneo que vaga por catacumbas en busca de un poco de música, poesía, cine, pinturas, fotos, tatuajes. Ahora se jactan de decir cosas como que el rock o el punk o el hardcore han muerto en la Argentina. Mentira. Hay cosas que nunca mueren, lo que es bueno nunca muere. Nada más que ahora no toca estar de moda, y eso está bien; si no, las fórmulas se agotan. Ahora es el momento de escuchar estas bandas, estos pedazos de artistas que gestionan, crean, se mueven y hacen arte independiente más allá de todas las consecuencias y la falta de guita y oportunidades. Esa es la esencia de quien crea por sus propios medios, del arte que desgarra las entrañas del mercado para hacerse notar porque es autogestivo. Y sólo responde a sus normas. 

Esta es nuestra trinchera. Las luces de un bar, entre mezcla de rojizos azulados y pura oscuridad. Escenario armado. Batería con la bandera antifa en el bombo. Dos soportes de instrumento y dos micrófonos. Uno apunta a una mesa de madera con su respectiva silla, un cenicero y una vela roja como del Gauchito Gil. Se recita poesía, poetas no publicadxs, poetas del puro deseo de escribir. Y a la vez que esas palabras viven en ese momento, en el que nada más que esto que creamos importa, se interrumpe y se trae algún clásico a la mesa. Aparece Vallejo. En estos espacios siempre se generan los cruces. Como lo que nos gusta es el arte, compartimos lo que escribimos, componemos, pintamos, creamos, nos pasamos el cannabis de mano en mano y vivimos veladas irrepetibles. 

La lectura y el recitado terminan. La gente se dispersa un poco, va al baño, pide sus tragos, se acerca a observar las obras de arte en la pared, dejan plata en una colaboración para artistas y salen al patio a fumar. Las cosas simples. Para que, en un momento, un trío de músicos se suba relajado al escenario, agarre sus instrumentos y sin decir nada haga una pequeña prueba de sonido. Ya la mesa de poetas vuela del escenario y se prepara el ambiente para la música. Nadie entiende nada, no se sabe si ya están tocando o no pero el sonido llega hasta los baños y hasta el fondo en intemperie. Es como el llamado ritualista. Las personas se vuelven a acercar, se acrecienta el silencio poco a poco. Dejan los instrumentos en dos minutos de silencio y enseguida vuelve el rock del parlante. Hasta que suben definitivamente y sin decir palabra empiezan a tocar un tema de Frank Zappa. Un poeta le dice a la persona de al lado que recién afuera estaban hablando de Zappa y de repente estos pibes, que con suerte juntan 40 años entre los tres, están desgarrando los amplificadores con una batería, un violero desacatado que sube con el pucho en la boca y un bajo dominado siempre por la púa. A los pies de los dos frontales -las cuerdas-, un porrón de birra para cada uno. Dejan absolutamente todo en el escenario, están poseídos por la música. No permiten respirar al público, y esas personas que estamos ahí gritamos, agitamos, aplaudimos, ovacionamos. Porque lo que está pasando es bueno, es mágico. Poético también. 

Entre espectaculares temas propios, covers de nicho, academia, melómanos y letras de amor adolescente, vaga por algunas mentes la idea de que el guitarrista y el bajista, también voz secundaria y principal, son hermanos. En el escenario, de sus movimientos y coordinación se percibe que uno es bardero y rockero en todo aspecto que haya que probarlo, y el otro es el responsable de la banda que lo cuida. Resulta que no son hermanos, solamente ambos tienen rulos y se entienden con la mirada, indios latinos con guitarra eléctrica y comunicados a través de internet. La química y la conexión en la banda es total, se nota que son amigos, se nota que aman hacer eso: tocar juntos. Pasan los riffs, los acoples, otro pucho, las distorsiones, recarga de vasos, palabras y agradecimientos, presentación de sus nombres e invitación a fechas futuras. Solfegio.

En ese momento, los hermanos-no-sanguíneos dejan sus instrumentos y bajan del escenario. La batería queda sola en un viaje perfecto de todo lo que tiene que dejar una batería en un solo. El silencio que nos rodea y la atención es total, porque sólo se escucha esa variación de la bata que deja todo en “Moby Dick, resguardada por un aura de cuidado, como si el mismísimo Bonzo Bonham estuviera detrás apadrinando el momento. Nos lleva por todos los tempos con la delicadeza de exponer las posibilidades de este músico. Son grandes músicos. Vuelven los frontales y se pasan el uno al otro sus instrumentos. Ahora el violero toca el bajo sin púa y el bajista toca la guitarra con el groove del bajo. Cierran la noche después de que alguien gritara: “¡¿De dónde salieron estos pibes?!”. De San Miguel, provincia de Buenos Aires, y apenas tienen 21 y 22 años. Solfegio. 

Mientras la manceba agrupación de hard rock desgarra acordes en el escenario y grita con pasión “te gusta lo que ves, prendiéndose fuego” (línea de su canción “Chocolate”), en la barra del bar el artista que expone sus obras en la penumbra de las paredes se inclina sobre una pequeña libreta en la que líneas de tinta negra componen distintos rincones de la noche. El artista, mientras consume, crea, como si la única constancia de la vida fuera la posibilidad de hacer algo mientras se disfruta lo que otrxs hicieron. Las líneas de trazos duros, típicas del bosquejo que representa a los sketchbooks, contrasta con las sombras acuareladas de dibujo tradicional que Dextroy creó para el flyer que convoca a la fecha: una pitonisa leyendo el futuro en un libro, de ojos rasgados y misteriosos, con aros grandes que encierran una ‘A’ que devela el trasfondo ácrata de toda organización artística independiente y construida a corazón. La obra de arte reza: 

Lectores: Imanol Pardiña y Juan Ferreyra

Música: Solfegio

Expone: Dextroy

Organiza: El Ciclo (@elciclo.arte). 

La noche sigue en el oeste. Y, mientras suceden estas cosas que nos confirman por qué son tan necesarios el arte y la expresión, en ese instante está pasando lo mismo replicado a lo largo del país en miles de bares y movidas gestionadas por un grupo de personas interconectadas, a veces literalmente a través de círculos compartidos o el mismo internet, otras sólo por el hecho de estar haciendo algo: crear los espacios que no se nos son dados. Todo nace de la pasión y el trabajo del artista, contra todas las cosas que nos faltan, para poder sustentar una vida de lo que amamos y nos es tan inherente hacer. Estas son las calles subterráneas que vale la pena recorrer para escuchar en un bar a alguien gritar: “Hay golpes en la vida, tan fuertes… ¡yo no sé!”¹

¹ Los heraldos negros, César Vallejo, 1918.

Mi imagen

Últimas notas

No post Encontrado

¿De dónde salieron estos pibes?

Redactora: Guadalupe Jazmín 

Editora: Paloma Rojo

Mi imagen

¿Sabés lo que es entrar a un lugar en el que apenas hay veinte personas, casi todas se conocen entre sí y lo que reúne a esas personas, en ese lugar, es una misma búsqueda? Así son las juntadas artísticas en lugares que son su propio mundillo: bares, cafés, centros culturales, casas de gente. Seremos veinte, treinta, a veces cuarenta o doscientas personas. Pero existimos. Descubrimos nuestras taperas, creamos nuestro terruño y somos como el topo subterráneo que vaga por catacumbas en busca de un poco de música, poesía, cine, pinturas, fotos, tatuajes. Ahora se jactan de decir cosas como que el rock o el punk o el hardcore han muerto en la Argentina. Mentira. Hay cosas que nunca mueren, lo que es bueno nunca muere. Nada más que ahora no toca estar de moda, y eso está bien; si no, las fórmulas se agotan. Ahora es el momento de escuchar estas bandas, estos pedazos de artistas que gestionan, crean, se mueven y hacen arte independiente más allá de todas las consecuencias y la falta de guita y oportunidades. Esa es la esencia de quien crea por sus propios medios, del arte que desgarra las entrañas del mercado para hacerse notar porque es autogestivo. Y sólo responde a sus normas.

Esta es nuestra trinchera. Las luces de un bar, entre mezcla de rojizos azulados y pura oscuridad. Escenario armado. Batería con la bandera antifa en el bombo. Dos soportes de instrumento y dos micrófonos. Uno apunta a una mesa de madera con su respectiva silla, un cenicero y una vela roja como del Gauchito Gil. Se recita poesía, poetas no publicadxs, poetas del puro deseo de escribir. Y a la vez que esas palabras viven en ese momento, en el que nada más que esto que creamos importa, se interrumpe y se trae algún clásico a la mesa. Aparece Vallejo. En estos espacios siempre se generan los cruces. Como lo que nos gusta es el arte, compartimos lo que escribimos, componemos, pintamos, creamos, nos pasamos el cannabis de mano en mano y vivimos veladas irrepetibles.

Mi imagen

La lectura y el recitado terminan. La gente se dispersa un poco, va al baño, pide sus tragos, se acerca a observar las obras de arte en la pared, dejan plata en una colaboración para artistas y salen al patio a fumar. Las cosas simples. Para que, en un momento, un trío de músicos se suba relajado al escenario, agarre sus instrumentos y sin decir nada haga una pequeña prueba de sonido. Ya la mesa de poetas vuela del escenario y se prepara el ambiente para la música. Nadie entiende nada, no se sabe si ya están tocando o no pero el sonido llega hasta los baños y hasta el fondo en intemperie. Es como el llamado ritualista. Las personas se vuelven a acercar, se acrecienta el silencio poco a poco. Dejan los instrumentos en dos minutos de silencio y enseguida vuelve el rock del parlante. Hasta que suben definitivamente y sin decir palabra empiezan a tocar un tema de Frank Zappa. Un poeta le dice a la persona de al lado que recién afuera estaban hablando de Zappa y de repente estos pibes, que con suerte juntan 40 años entre los tres, están desgarrando los amplificadores con una batería, un violero desacatado que sube con el pucho en la boca y un bajo dominado siempre por la púa. A los pies de los dos frontales -las cuerdas-, un porrón de birra para cada uno. Dejan absolutamente todo en el escenario, están poseídos por la música. No permiten respirar al público, y esas personas que estamos ahí gritamos, agitamos, aplaudimos, ovacionamos. Porque lo que está pasando es bueno, es mágico. Poético también.

Mi imagen

Foto por Lourdes Barbona

Entre espectaculares temas propios, covers de nicho, academia, melómanos y letras de amor adolescente, vaga por algunas mentes la idea de que el guitarrista y el bajista, también voz secundaria y principal, son hermanos. En el escenario, de sus movimientos y coordinación se percibe que uno es bardero y rockero en todo aspecto que haya que probarlo, y el otro es el responsable de la banda que lo cuida. Resulta que no son hermanos, solamente ambos tienen rulos y se entienden con la mirada, indios latinos con guitarra eléctrica y comunicados a través de internet. La química y la conexión en la banda es total, se nota que son amigos, se nota que aman hacer eso: tocar juntos. Pasan los riffs, los acoples, otro pucho, las distorsiones, recarga de vasos, palabras y agradecimientos, presentación de sus nombres e invitación a fechas futuras. Solfegio.

Mi imagen

Foto por Lourdes Barbona

En ese momento, los hermanos-no-sanguíneos dejan sus instrumentos y bajan del escenario. La batería queda sola en un viaje perfecto de todo lo que tiene que dejar una batería en un solo. El silencio que nos rodea y la atención es total, porque sólo se escucha esa variación de la bata que deja todo en “Moby Dick, resguardada por un aura de cuidado, como si el mismísimo Bonzo Bonham estuviera detrás apadrinando el momento. Nos lleva por todos los tempos con la delicadeza de exponer las posibilidades de este músico. Son grandes músicos. Vuelven los frontales y se pasan el uno al otro sus instrumentos. Ahora el violero toca el bajo sin púa y el bajista toca la guitarra con el groove del bajo. Cierran la noche después de que alguien gritara: “¡¿De dónde salieron estos pibes?!”. De San Miguel, provincia de Buenos Aires, y apenas tienen 21 y 22 años. Solfegio.

Mientras la manceba agrupación de hard rock desgarra acordes en el escenario y grita con pasión “te gusta lo que ves, prendiéndose fuego” (línea de su canción “Chocolate”), en la barra del bar el artista que expone sus obras en la penumbra de las paredes se inclina sobre una pequeña libreta en la que líneas de tinta negra componen distintos rincones de la noche. El artista, mientras consume, crea, como si la única constancia de la vida fuera la posibilidad de hacer algo mientras se disfruta lo que otrxs hicieron. Las líneas de trazos duros, típicas del bosquejo que representa a los sketchbooks, contrasta con las sombras acuareladas de dibujo tradicional que Dextroy creó para el flyer que convoca a la fecha: una pitonisa leyendo el futuro en un libro, de ojos rasgados y misteriosos, con aros grandes que encierran una ‘A’ que devela el trasfondo ácrata de toda organización artística independiente y construida a corazón. La obra de arte reza: 

Lectores: Imanol Pardiña y Juan Ferreyra

Música: Solfegio

Expone: Dextroy

Organiza: El Ciclo (@elciclo.arte). 

Mi imagen

Foto por Lourdes Barbona

La noche sigue en el oeste. Y, mientras suceden estas cosas que nos confirman por qué son tan necesarios el arte y la expresión, en ese instante está pasando lo mismo replicado a lo largo del país en miles de bares y movidas gestionadas por un grupo de personas interconectadas, a veces literalmente a través de círculos compartidos o el mismo internet, otras sólo por el hecho de estar haciendo algo: crear los espacios que no se nos son dados. Todo nace de la pasión y el trabajo del artista, contra todas las cosas que nos faltan, para poder sustentar una vida de lo que amamos y nos es tan inherente hacer. Estas son las calles subterráneas que vale la pena recorrer para escuchar en un bar a alguien gritar: “Hay golpes en la vida, tan fuertes… ¡yo no sé!”¹

¹ Los heraldos negros, César Vallejo, 1918.

Mi imagen
Mi imagen