La noche que fui a ver una de vampiros
Redactor: Mariano Mosquera
Editora: Paloma Rojo
Una salida al cine como refugio y como trampa: El Susurro, de Gustavo Hernández, activa una lectura inesperada sobre la familia y el lugar incómodo de quien mira cómo el terror deja de estar en la pantalla y se filtra en la vida real.
Una salida al cine como refugio y como trampa: El Susurro, de Gustavo Hernández, activa una lectura inesperada sobre la familia y el lugar incómodo de quien mira cómo el terror deja de estar en la pantalla y se filtra en la vida real.
Estoy del orto. No como ayer. Ni como mañana. Porque todos los días estoy del orto. Pero hoy es diferente.
En casa tenemos un adicto. Me produce sensaciones ambivalentes. Cuando me conviene es un enfermo y cuando no me conviene, no. Del otro lado de la conversación pasa algo similar. Cuando le conviene es un hijo de puta y cuando no le conviene, no. “Yo igual no puedo hacer nada”, me digo, concluyo. “Nadie puede hacer nada por nadie, nunca”.
Estoy cansado. Me voy al cine. El cielo está gris pero yo igual dejo la ropa en la soga. Está seca, me da fiaca. Están dando una de vampiros con Luciano Cáceres. No adivino punto medio, puede ser o muy buena o muy mala. El cine de terror me parece valioso por defecto, pero de vez en cuando aparece una película que necesita que perdone sus evidentes fallas. Y suelo hacerlo, por el bien de la causa. Pero no sé si hoy es el día para eso.
La publicidad termina. La luz se apaga. El lente del proyector está mal calibrado, la imagen se corta a ambos lados. Las dos chicas a mis espaldas se ríen, comen pochoclo. O eso intentan: la mayoría va a parar al piso con un repiquetear exasperante. Una de ellas se saca los zapatos. Estira los pies, los pasa entre las butacas, los apoya a mi lado.
Lo que voy viendo en pantalla, en general, me gusta. Pero hay algo en lo actancial, en cómo los distintos elementos narrativos se suceden, se provocan y se afectan entre sí, que hace que la película me pase por el costado. Mi cerebro va para otro lado, empieza a fabricar un desglose. Cuántas locaciones. Cuántos personajes. Habrá sido cara o no. Parece pero no, la plata está puesta en los pocos lugares que la hacen ver así. Empiezo a trabajar. No me dejo narrar. “Pero Cáceres está muy bien igual”. Lo justo es justo.
Algo cambia. Una escena. Una línea de diálogo. El vampiro de Cáceres, padre de una chica sin poderes sobrenaturales, vuelve a casa. Pasa casi sin saludar. Sube al ático. Ella lo sigue, “¿dónde estuviste anoche?, ¿te acordás?”, o algo por el estilo. El subtexto me pega en la nariz como un puño calloso: es un adicto. Es un alcohólico. Él le pide que lo encadene, que lo ayude, que le evite volver a salir. La cara racional, el tipo que, en ese momento, no quiere consumir.
Mi percepción del espacio se agudiza. Algunas butacas desaparecen de mi vista. Las paredes se borran. No porque físicamente ya no estén ahí, sino porque yo, sin moverme, estoy abandonando la sala, estoy entrando en la pantalla. A partir de ahora, cada golpe, cada risa de las chicas de atrás me taladra el cráneo desde adentro. Cuando la película baja su volumen, susurran. Cuando lo sube, chillan. La gente que habla en el cine siente que lo que tiene para decir es tan importante que intenta decirlo incluso en la ocasión explícita de reunirse para escuchar sin hablar.
La intriga principal se desarrolla. La protagonista tiene un padre vampiro y un hermano menor con el potencial de convertirse en uno. “Él es como yo. Él lo tiene. Vos no”, sentencia Cáceres. Sucede lo que debía: eventualmente, el hijo se vuelve a la estirpe del padre. La hermana mayor repasa las reglas del mito con él: “Esta es tu primera noche. Tenés que tomar hasta el amanecer”. Hago un segundo click. El padre es un adicto. El hijo es un adicto. El vampirismo es el consumo. ¿Y ella? Ella soy yo. Tal vez el final arroje luz sobre lo que yo deba hacer con mi situación. Y lo hace. Tanto de manera literal como metafórica. Pero arrojar luz, en una película de vampiros, implica muerte.
La sala se ilumina. Los créditos pasan. Me quedo sentado y leo para ver si reconozco algún nombre. Leo hasta el final. “¿Hay una postcréditos?”, dice una de las chicas. Protegido por la oscuridad, intenté callarlas en dos oportunidades. Chisté, me di vuelta, cabeceé en mi propio asiento. Ahora que pueden verme, no me atrevo a decir nada.
Salgo de la sala. Uno de los trabajadores del cine manda un WhatsApp. Alguien se quejó del recorte que la pantalla hacía a ambos lados de la imagen. “Se cambia con un botón”, trato de explicarle. “Soy proyectorista”. Él repite lo que le digo. Manda un audio. No entiende mucho. Me pregunta si el recorte era grosero. “Media letra de los títulos que aparecían sobre la izquierda. No es para tanto”. Pero no debería pasar. Me cuenta que es su primera noche en esta sala y que entonces la película se viene pasando mal hace una semana, que si alguien se queja con él, lo tiene que resolver. No me interesa demasiado. No me interesa para nada.
Pienso en lo raro que es ir al cine solo cuando uno no está bien. Hay otros cuerpos, otras respiraciones. Pero ninguno es compañía. En la oscuridad, expongo un nervio y espero que alguien lo toque. O le pegue. O lo bese. A veces no pasa, a veces el cine falla como fallan las personas. Pero deja un residuo. Algo que vibra. Una molestia. No todo el cine debe ser metáfora. Puede serlo. Puede tenerla. Pero también puede ser otra cosa. En cambio, más específicamente, el cine de terror no sólo debe serlo, sino que lo necesita. Porque, en el cine, la metáfora es el reflejo del mundo real. Y el verdadero terror siempre está ahí. No en el susto. No en el grito. Ni en el puñal. Sino en salir de la sala para reencontrarse con unx mismx y verse, tal vez, más claramente.
Cruzo la calle. Está toda mojada. Llovió a cántaros, el tiempo exacto que duró la película. Mañana voy a tener que lavar la ropa otra vez.
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La noche que fui a ver una de vampiros
Redactor: Mariano Mosquera
Editora: Paloma Rojo
Una salida al cine como refugio y como trampa: El Susurro, de Gustavo Hernández, activa una lectura inesperada sobre la familia y el lugar incómodo de quien mira cómo el terror deja de estar en la pantalla y se filtra en la vida real.
Estoy del orto. No como ayer. Ni como mañana. Porque todos los días estoy del orto. Pero hoy es diferente.
En casa tenemos un adicto. Me produce sensaciones ambivalentes. Cuando me conviene es un enfermo y cuando no me conviene, no. Del otro lado de la conversación pasa algo similar. Cuando le conviene es un hijo de puta y cuando no le conviene, no. “Yo igual no puedo hacer nada”, me digo, concluyo. “Nadie puede hacer nada por nadie, nunca”.
Estoy cansado. Me voy al cine. El cielo está gris pero yo igual dejo la ropa en la soga. Está seca, me da fiaca. Están dando una de vampiros con Luciano Cáceres. No adivino punto medio, puede ser o muy buena o muy mala. El cine de terror me parece valioso por defecto, pero de vez en cuando aparece una película que necesita que perdone sus evidentes fallas. Y suelo hacerlo, por el bien de la causa. Pero no sé si hoy es el día para eso.
Lo que voy viendo en pantalla, en general, me gusta. Pero hay algo en lo actancial, en cómo los distintos elementos narrativos se suceden, se provocan y se afectan entre sí, que hace que la película me pase por el costado. Mi cerebro va para otro lado, empieza a fabricar un desglose. Cuántas locaciones. Cuántos personajes. Habrá sido cara o no. Parece pero no, la plata está puesta en los pocos lugares que la hacen ver así. Empiezo a trabajar. No me dejo narrar. “Pero Cáceres está muy bien igual”. Lo justo es justo.
Algo cambia. Una escena. Una línea de diálogo. El vampiro de Cáceres, padre de una chica sin poderes sobrenaturales, vuelve a casa. Pasa casi sin saludar. Sube al ático. Ella lo sigue, “¿dónde estuviste anoche?, ¿te acordás?”, o algo por el estilo. El subtexto me pega en la nariz como un puño calloso: es un adicto. Es un alcohólico. Él le pide que lo encadene, que lo ayude, que le evite volver a salir. La cara racional, el tipo que, en ese momento, no quiere consumir.
Mi percepción del espacio se agudiza. Algunas butacas desaparecen de mi vista. Las paredes se borran. No porque físicamente ya no estén ahí, sino porque yo, sin moverme, estoy abandonando la sala, estoy entrando en la pantalla. A partir de ahora, cada golpe, cada risa de las chicas de atrás me taladra el cráneo desde adentro. Cuando la película baja su volumen, susurran. Cuando lo sube, chillan. La gente que habla en el cine siente que lo que tiene para decir es tan importante que intenta decirlo incluso en la ocasión explícita de reunirse para escuchar sin hablar.
La intriga principal se desarrolla. La protagonista tiene un padre vampiro y un hermano menor con el potencial de convertirse en uno. “Él es como yo. Él lo tiene. Vos no”, sentencia Cáceres. Sucede lo que debía: eventualmente, el hijo se vuelve a la estirpe del padre. La hermana mayor repasa las reglas del mito con él: “Esta es tu primera noche. Tenés que tomar hasta el amanecer”. Hago un segundo click. El padre es un adicto. El hijo es un adicto. El vampirismo es el consumo. ¿Y ella? Ella soy yo. Tal vez el final arroje luz sobre lo que yo deba hacer con mi situación. Y lo hace. Tanto de manera literal como metafórica. Pero arrojar luz, en una película de vampiros, implica muerte.
La sala se ilumina. Los créditos pasan. Me quedo sentado y leo para ver si reconozco algún nombre. Leo hasta el final. “¿Hay una postcréditos?”, dice una de las chicas. Protegido por la oscuridad, intenté callarlas en dos oportunidades. Chisté, me di vuelta, cabeceé en mi propio asiento. Ahora que pueden verme, no me atrevo a decir nada.
Salgo de la sala. Uno de los trabajadores del cine manda un WhatsApp. Alguien se quejó del recorte que la pantalla hacía a ambos lados de la imagen. “Se cambia con un botón”, trato de explicarle. “Soy proyectorista”. Él repite lo que le digo. Manda un audio. No entiende mucho. Me pregunta si el recorte era grosero. “Media letra de los títulos que aparecían sobre la izquierda. No es para tanto”. Pero no debería pasar. Me cuenta que es su primera noche en esta sala y que entonces la película se viene pasando mal hace una semana, que si alguien se queja con él, lo tiene que resolver. No me interesa demasiado. No me interesa para nada.
Pienso en lo raro que es ir al cine solo cuando uno no está bien. Hay otros cuerpos, otras respiraciones. Pero ninguno es compañía. En la oscuridad, expongo un nervio y espero que alguien lo toque. O le pegue. O lo bese. A veces no pasa, a veces el cine falla como fallan las personas. Pero deja un residuo. Algo que vibra. Una molestia. No todo el cine debe ser metáfora. Puede serlo. Puede tenerla. Pero también puede ser otra cosa. En cambio, más específicamente, el cine de terror no sólo debe serlo, sino que lo necesita. Porque, en el cine, la metáfora es el reflejo del mundo real. Y el verdadero terror siempre está ahí. No en el susto. No en el grito. Ni en el puñal. Sino en salir de la sala para reencontrarse con unx mismx y verse, tal vez, más claramente.
Cruzo la calle. Está toda mojada. Llovió a cántaros, el tiempo exacto que duró la película. Mañana voy a tener que lavar la ropa otra vez.